En días recientes escuchaba a un grupo de profesionales criticar —con argumentos válidos— la calidad de algunas transmisiones deportivas. Señalaban algo evidente: hay figuras al aire que no dominan el deporte, no se expresan correctamente y carecen del nivel que debería exigirse.
Y sí, tienen razón.
Pero también están mirando el problema desde el ángulo equivocado.
Porque aquí no se trata de quién sabe más, ni de quién habla mejor.
Se trata de algo mucho más simple —y más crudo—: el negocio es el que manda.
No gana el mejor, gana el que conviene
En un mundo ideal, las transmisiones deportivas estarían en manos de expertos: comunicadores preparados, analistas con criterio, voces que sumen valor.
Pero ese no es el mundo real.
En la práctica, las decisiones no se toman por talento, sino por impacto, atracción y rentabilidad.
Si una figura genera atención, mueve audiencia o aporta visibilidad —aunque no tenga el dominio técnico—, entonces funciona para el negocio.
Y eso es lo único que importa.
El contraste: Estados Unidos vs Latinoamérica
Si miramos el mercado de Estados Unidos, el panorama es completamente distinto.
Allí:
- Se cuida la calidad de los talentos.
- Se selecciona con rigor.
- Se protege la experiencia del espectador.
¿La razón?
Simple: hay demasiado dinero en juego.
Estamos hablando de una industria que mueve miles de millones de dólares, donde:
- La audiencia paga.
- Tiene múltiples opciones.
- Y puede castigar rápidamente una mala experiencia.
En ese contexto, equivocarse cuesta caro.
Latinoamérica: otra realidad, otras reglas
En Latinoamérica, la historia es distinta.
Aquí:
- El mercado es más pequeño.
- La monetización es limitada.
- Y la piratería es una amenaza constante.
No hace falta ser parte del negocio para entenderlo. Basta con entrar a redes sociales y ver cómo una gran parte del consumo de eventos deportivos ocurre a través de señales ilegales.
Eso cambia todo.
Cuando el margen es bajo, la exigencia también
Las transmisiones deportivas en la región no son una mina de oro.
Para muchas empresas, son incluso un riesgo.
Entre:
- derechos costosos,
- audiencias fragmentadas,
- y consumo pirata,
El margen de ganancia se reduce considerablemente.
¿Resultado?
Las empresas no pueden darse el lujo de apostar únicamente por talento de alto nivel.
Entonces recurren a lo que tienen más a mano:
No es lo ideal.
- figuras con cierto atractivo,
- rostros reconocibles,
- personas que, aunque no dominen la comunicación, pueden generar algo de atención.
No es lo ideal.
Pero es lo que el negocio permite.
La verdad incómoda
Latinoamérica no es —ni será en el corto plazo— un mercado comparable al de Estados Unidos.
Y no se trata de pesimismo, sino de realidad.
Mientras:
- el consumo ilegal siga siendo alto,
- la disposición a pagar sea baja,
- y la competencia no se base en calidad sino en acceso,
Las reglas del juego no van a cambiar.
Entonces, ¿qué nos toca?
Aceptar el contexto.
Entender que muchas decisiones no responden a estándares profesionales, sino a supervivencia económica.
Y sobre todo, dejar de analizar estos casos desde la idealización, porque la industria no funciona así.
Funciona con números.
Porque al final…
No gana el que mejor habla.
No gana el que más sabe.
Gana el que hace que el negocio funcione.
Y mientras esa sea la ecuación,
la calidad será una consecuencia…
no una prioridad.