el medallero de lamentos

Medallero de lamentos

Mientras el país celebra las victorias, muchos atletas siguen compitiendo contra la pobreza.

República Dominicana volvió a demostrar en los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2026 que posee un talento deportivo extraordinario. El país superó las proyecciones en la cantidad de medallas de oro y en el total del medallero, dejando además agradables sorpresas en disciplinas y con atletas que pocos consideraban candidatos al podio. Sin embargo, detrás de cada celebración quedó al descubierto una realidad que, aunque conocida, parece olvidarse cada vez que termina una competencia.

Las medallas son motivo de orgullo nacional, pero también se han convertido en el escenario donde aflora un largo listado de carencias. Apenas concluye cada prueba, cuando cesan los aplausos y comienzan las entrevistas, los atletas aprovechan los pocos minutos de atención mediática para hablar no de sus logros, sino de las dificultades que enfrentan para entrenar, competir y vivir.

Resulta llamativo que, en lugar de limitarse a celebrar sus triunfos, muchos sientan la necesidad de utilizar ese instante frente a cámaras y micrófonos para hacer un llamado de auxilio. Pareciera que entienden que esa es, quizás, la única oportunidad que tendrán para que el país conozca las condiciones en las que han construido sus victorias.

Las historias se repiten con una frecuencia preocupante. Algunos explican que el incentivo económico recibido les permitirá, por fin, terminar la construcción de una vivienda que durante años permaneció inconclusa por falta de recursos. Otros confiesan que destinarán ese dinero a costear tratamientos médicos de familiares o a cubrir necesidades básicas que debieron haber sido resueltas mucho antes de subir a un podio internacional.

Cada medalla termina revelando una realidad que normalmente permanece invisible. El éxito deportivo no borra las dificultades económicas; simplemente les da un micrófono por unos minutos.

En muchos de esos testimonios aparece, además, un elemento común: el agradecimiento casi siempre está dirigido a las madres. Son ellas quienes cargan con el peso económico, emocional y familiar durante los años de formación deportiva. La ausencia de la figura paterna aparece con una frecuencia que obliga a reflexionar sobre una realidad social que trasciende el deporte y evidencia el deterioro de la estructura familiar en numerosos hogares dominicanos.

Las dificultades son aún más evidentes entre los atletas jóvenes, aquellos que todavía no han alcanzado una medalla internacional y, por tanto, permanecen fuera de los programas especiales de apoyo. Paradójicamente, el respaldo suele llegar después del éxito, cuando debería existir mucho antes, durante el proceso de formación, que es precisamente cuando más lo necesitan para desarrollar su talento.

Esta realidad contrasta de manera inevitable con los recursos que el Estado destina al deporte. Para el año 2026, el presupuesto del Ministerio de Deportes asciende a RD$8,634.9 millones, de los cuales RD$4,690.2 millones están destinados al programa de apoyo y supervisión del deporte federado y de alto rendimiento. Con cifras de esa magnitud, resulta inevitable preguntarse si los recursos están llegando con la oportunidad y la eficacia necesarias a quienes verdaderamente producen los resultados: los atletas.

No se trata de restar mérito al esfuerzo que realizan las federaciones ni de desconocer los avances alcanzados por el deporte dominicano. Se trata de preguntarnos si el modelo actual realmente coloca al atleta en el centro de las prioridades o si continúa privilegiando una estructura administrativa que muchas veces parece vivir una realidad distinta a la de quienes representan al país en las competencias internacionales.

Cada medalla que celebra la República Dominicana debería representar mucho más que una victoria deportiva. Debería ser también una oportunidad para revisar qué estamos haciendo por quienes dedican su vida a defender la bandera nacional. Porque ningún atleta debería necesitar ganar una medalla para que el país descubra las condiciones en las que vive. El verdadero triunfo llegará el día en que nuestros deportistas puedan concentrarse únicamente en competir, y no en aprovechar unos minutos frente a un micrófono para pedir las oportunidades que debieron recibir mucho antes.